sábado, 30 de junio de 2012
"El Principito" - Antoine de Saint-Exupéry (frag.)
"El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo."
viernes, 22 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
"Si yo leo, aprendo. Si yo leo, sé lo que piensan los demás; estoy en comunicación con el mundo. Si yo escribo, me expreso; trasmito mis pensamientos. Me comunico. Hay que tener metas; hay que tener sueños. Y todo se consigue si se hace con esfuerzo y perseverancia, a vos, que tenés esta cuentita pendiente, que se puede solucionar muy fácilmente, te pido que no le des espacio a ningún sentimiento de culpa ni de vergüenza. No favorezcas ninguna discriminación. ¡Dale para adelante!, así que...¡a leer y escribir! Porque sí se puede"
Mensaje
del Maestro Oscar Washington Tabárez para incentivar la tarea del programa de
alfabetización En el País de Varela, Yo Sí Puedo.
martes, 19 de junio de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
Día del libro en Uruguay - Si vas a escribir - Milton Schinca
Si pensás que cuando llegues a escribir literatura, el que va a escribir sos tú, mejor no escribas. Pobre del escritor que no sepa que el yo-escritor no existe, que dentro de él escriben multitud de "otros"; otros seres que fueron, otras historias, otras maneras de mirar el mundo. Cómo vienen a confluir en nosotros, no lo sabemos; pero eso no varía en nada la verdad de que escribir es siempre un acto poblado, una conjunción que llega de muy lejos y que trae el aporte de mil correntadas, incluso de algunas que jamás vimos ni veremos.
Si creés saber cómo se escribe, mejor no escribas. Nadie lo sabe, ni lo sabrá nunca. Los profesores podemos enseñar pequeños resortes, algunos trucos o habilidades de oficio, poca cosa más. Todo ello es necesario sin duda; puede que mejoren la escritura, que la hagan más reluciente y eficaz. Pero el arte de escribir es de otra índole, viene de otro lado, al que no se llega con oficio. Por eso es importante que te olvides de lo que aprendiste con tu profesor y que te dejes llevar con los ojos cerrados: dentro de ti camina un yo ignorado, que quizás sepa cómo hacerte escribir. Si no lo sabe él, no lo sabe nadie.
Si creés que para ser escritor hay que leer únicamente literatura, mejor no escribas (así leas toda la literatura del mundo). Ese "reducirte a lo tuyo" acaso sea aconsejable en alguna profesión, oficio, artesanía o secta; pero es muy otra la naturaleza del escribir. Debés entender que la literatura es una pretensión, a todas luces irrazonable, de convertir la palabra en la voz entera del mundo. La literatura no tiene opción: o es un cruce de todos los caminos o no es.
Si vas a escribir para tu fama, tu gloria, tu estatus o (peor aún) tu dinero, mejor no escribas. Puede que logres dinero, estatus, gloria y fama (¡tantos los consiguen!); pero será muy triste haberte pasado años escribiendo sin entender propiamente lo que tenías entre manos. Sin entender que se escribe buscando apenas ser un poquito menos uno mismo para que otros puedan serlo más; tratando de iluminarte en algo tú para que el mundo se ilumine. Separada de estos fines, la literatura se vuelve, tarde o temprano, irrisoria y vacua, y es casi inevitable que termine destruyendo lo mejor que traías.
En fin, si creés que por seguir todas estas indicaciones vas a ser escritor, mejor no escribas. Ciertamente es indispensable que las cumplas al pie de la letra; pero pobre de ti si no te das cuenta a tiempo de que ninguna lección, ni consejo ni sentencia te pondrán en camino. Que serán ciertos vientos secretos del mundo los que te harán escribir o no. Me parece indispensable que dudes a diario de tu vocación, pero jamás dudes de ese viento que te lleva, única fuerza a la que debés encomendarte.
Y si ella dictamina "No serás escritor", agradécele igual: la sola intención de escribir -si fue sincera- te levantó por encima de ti y te ayudó a tocar zonas del ser y del mundo que de otro modo no hubieras alcanzado nunca.
Con un fuerte abrazo de tu profe y amigo, deseándote que no seas un literato sino, mucho antes, un hombre posible,”
Milton Schinca
jueves, 17 de mayo de 2012
sábado, 12 de mayo de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
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sábado, 5 de mayo de 2012
Carta a mi abuela - José Saramago
Tienes noventa años. Estás vieja, dolorida. Me dices que fuiste la muchacha más hermosa de tu tiempo – y yo lo creo. No sabes leer.
Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies como acortezados. Cargaste en la cabeza toneladas de leña y haces, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con el pan que has amasado podría hacerse un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu cama cuando el frío amenazaba don helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres-lobo, viejas cuestiones de familia, un crimen de muerte.
Viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar – siete veces quedaste grávida, siete veces pariste. No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de literatura, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unos cientos de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con eso viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los casos de la calle, a las bodas de las princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos de los que ya ni el recuerdo te queda, y grandes dedicaciones que no se asientan en nada.
Vives. Para ti, la palabra Vietnam es sólo un sonido bárbaro que nada tiene que ver con tu círculo vital de legua y media de radio. De hambres, sabes algo: viste y una bandera negra izada en la torre de la iglesia. (¿Me lo contaste tú, o habré soñado que lo contabas?).
Llevas contigo tu pequeño capullo de intereses. Y, sin embargo, tienes ojos claros y eres alegre. Tu risa es como un cohete de colores. Nunca he visto reír a nadie como a ti. Te tengo delante, y no te entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no entiendo.
Viniste a este mundo y no te has preocupado por saber qué es el mundo. Llegas al final de tu vida, y el mundo es aún para ti lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, algo que no forma parte de tu herencia: quinientas palabras, huerto al que en cinco minutos se da la vuelta, una casa de tejas y el suelo de tierra apisonada.
Aprieto tu mano callosa, paso mi mano por tu rostro arrugado y por tu cabello blanco que resistió el peso de las cargas – y sigo sin entender. Fuiste hermosa, dices, y veo muy bien que eres inteligente. ¿Porqué te han robado, pues, el mundo? ¿Quién te lo robó?
Peor quizá de esto entienda yo, y te diría cómo, y por qué, y cuando, si supiera elegir entre mis innumerables palabras las que tú podrías comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti – y sin mí también. No nos habremos dicho el uno al otro lo que más importa. ¿Realmente no nos lo habremos dicho?
No te habré dicho yo, porque mis palabras no eran las tuyas, el mundo que te era debido. Me quedo con esa culpa de la que no me acusas – y eso es aún peor. Pero, por qué, abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa, hacia el cielo del que nada sabes y por el que nunca viajarás, hacia el silencio de los campos y de los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida: “¡El mundo es tan bonito, y me da tanta tristeza morir!”.
Eso es lo que yo no entiendo – pero la culpa no es tuya.
lunes, 30 de abril de 2012
Homenaje a Miguel, obrero, mi padre.
VUELAN AVIONES SOBRE BAGDAD – Julio césar Castro ( Juceca )
En “El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano cuenta que un padre, albañil y revolucionario, es interpelado por su pequeño hijo: “Papá, si no fue Dios, entonces, quién hizo el mundo?” Y el padre respondió dulcemente: “Hijo mío, el mundo lo hicieron los albañiles.” Esta noche, mientras veo por televisión que están bombardeando desde el cielo la milenaria ciudad de Bagdad, pienso en mi padre que era albañil y fabricaba un mundo cada día. Con él, después de cenar, salía tomado de la mano a la parte más oscura del fondo de casa, a mirar las estrellas. Él me señalaba la Vía Láctea, la Cruz del Sur, las Tres Marías, los Siete Cabritos. Me contaba historias increíbles de estrellas apagadas que seguían enviando su luz. De distancias y siglos de silencio. En las noches claras me mostraba, señalando con el dedo como si se tratara de manzanas al alcance de la mano, los cráteres de la Luna llena. Me hablaba de giros de planetas, y del hombre. Siempre del hombre. Decía que en el hombre estaba todo el universo..Albañil loco, hacedor de discursos de fuego en los andamios, fratacho en mano, arengaba ladrillos y dibujaba con cal un hombre nuevo. Levantaba palacios de mármol, y habitaba casilla de lata. Sabía bien de lo que hablaba. Sin escuela, le recortaba las horas al descanso para alimentar su hambre de libros que lo ayudaran a entender tantos asuntos. “Yo no lo veré, pero mis nietos sí”, decía el loco soñador de mundos buenos. Ahora, cuando los aviones de guerra surcan los cielos de Bagdad, lo recuerdo explicando las estrellas, el canto ferruginoso de los grillos, el croar de las ranas en los charcos, lo recuerdo compartiendo su asombro por esa guiñada en la panza de la luciérnaga, chisporrotear entre los pastos de la noche. “¡La naturaleza!”, decía, y se iluminaba. Ateo, se quitaba el sombrero para entrar en iglesias y cementerios a contemplar las obras de arte. El color, la arquitectura, la luz, todo el misterio. Se le iban los ojos. Pintaba, dibujaba. Manos heridas de porlan, maceta y cortafierro, antes de tomar lápices o pinceles se las suavizaba con una mezcla de aceite, azúcar y limón. Hubo también una guitarra, que a falta de estuche mantenía envuelta en una manta. Cada tanto le sacaba una milonga, un estilo, un asunto entre los dos, y la guardaba. Apago el televisor, cargado de bombas, humo y fuego, y salgo a mirar la noche. Son las mismas estrellas de mi viejo. La misma luna. Ignorante de muertes y distancias, sin ambición, el universo cumple sus movimientos infinitos. Esta noche, ha dicho el noticiero, modernos aviones de guerra han descargado toneladas de bombas inteligentes sobre la ciudad de Bagdad, hecha, como el resto del mundo, por los albañiles. Mi viejo, parado en el andamio de una nube, cargado de razón, arenga todavía.
viernes, 27 de abril de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
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